¿Necesita un escritor fantasma?

El aviso

“Se ofrece escritor fantasma para realizar sus escritos, dándoles personalidad y sabor propio, manteniendo para usted la completa autoría del material.

Poseo experiencia en escribir cuentos, poemas, novelas, discursos políticos, despedidas fúnebres, cartas de amor y ardientes frases de alcoba. También doy empuje y versatilidad a las ideas, enriqueciendo el proceso creativo.

Le aseguro que, de trabajar juntos, sus escritos y su vida nunca más serán lo mismo pues, en breve tiempo, se convertirá en un famoso escritor bestseller.

Se garantiza absoluta confidencialidad.

El valor es a convenir”

Juan volvió a leer ese aviso en el periódico. Y sí que le parecía interesante, pues llevaba tiempo con ganas de escribir algo grande, aunque aún no sabía qué. Pero sobre todo tenía ganas de ser alguien, quizás no alguien muy, muy importante, sino ser algo más que un simple abogado de pleitos civiles.

Ya se imaginaba al ser presentado en una elegante reunión “Y aquí tenemos a nuestro gran escritor…”

Eso sí que sería vida pensaba; tendría fama, dinero, entrevistas, cenas gratis, brindis y sobre todo mujeres!.

Contactó por teléfono al anunciante y este, de nombre Edgard, le dio las señas de cómo llegar a su estudio para tratar el asunto.

El escritor

La dirección era en un apartamento en el tercer piso de un edificio en el barrio portuario,

Tocó a la puerta y abrió un hombre de edad mediana, con aire de cansado.

–¿Edgard? Le llamé por teléfono esta mañana –dijo Juan

–Sí, adelante –dijo él.

Le hizo pasar a un apartamento pequeño pero acogedor, con ventana al mar y al cercano muelle. Tenía un amplio escritorio, un buen diván cama para una siesta. Un pequeño refrigerador, quizás con bocadillos. Una biblioteca bien surtida. También una cocinilla con una vieja cafetera italiana.

–Bonito lugar que tiene –comentó.

–Lo utilizo como estudio, usted sabe. En casa es difícil inspirarse y trabajar. El último tiempo he estado viviendo acá. En ocasiones acompañado.

Juan pensó que el lugar sí que era un paraíso para escribir… siempre y cuando uno tuviese talento, y a raíz de eso le preguntó.

–¿Cómo me asegura que seré buen escritor?

–Ahí están los inicios de dos muy buenas novelas suyas. –dijo indicando un cajón del escritorio.

–¿Novelas mías?

–Suyas. Si es que acepta.

–¿Puedo verlas primero? –dijo Juan.

El hombre negó con la cabeza y agregó:

–Le puedo decir que ya se ha arreglado un adelanto por ellas.

–¿Adelanto en dinero?, ¿cuánto?

–Lo suficiente para comer, beber y divertirse por seis meses.

–¿Y cuál es el precio por su ayuda?

–Debe pagar el arriendo mensual de este lugar, todo en él pasará a ser suyo. Incluso los libros y la cafetera. También le dejo mi casa en las afueras con todos sus muebles, por eso no hay que pagar nada. Y también le dejo a mi esposa, por ella tampoco hay que pagar pues se mantiene con su propio trabajo. Es coreógrafa y primera bailarina de danza. Esta es su fotografía.

–Su esposa es bellísima, ¿por qué la va a dejar?

–Digamos que estoy cansado de mi vida.

–A mí me ha ocurrido lo mismo. Bueno, lo pensaré y le responderé mañana.

–Debe decidirlo ahora. Si se retira, la oferta desaparece para siempre… además que hay otros interesados.

–¿Y… hay algo oculto en todo esto? –preguntó Juan.

–Así es. Si acepta yo desaparezco, usted tomará mi lugar en todo.

–¿Pero, cómo me va a ayudar entonces con mis escritos?

–Me comunicaré solo con usted.

Juan se tomó la barbilla y se asomó por la ventana. Abajo vio a gente que hacia cosas rutinarias; de la oficina a la casa, abrir su negocio y cerrar su negocio. En el muelle había un hombre pescando. Pensó que todos esos hombres, incluso el pescador, sí que tienen una vida pequeña y aburrida.

El trato

–Bien acepto, –dijo Juan– ¿qué debo hacer?

–En ese cajón hay instrucciones. Está atascado. Para abrirlo, use el cuchillo grande, ese como puñal que está ahí encima.

Juan metió el cuchillo, y haciendo fuerza consiguió abrirlo de golpe. Al volverse vio que el hombre se había sentado, estaba pálido, y con una creciente mancha de sangre en la camisa.

–¿Cómo se hizo esa herida? –preguntó Juan sosteniendo el cuchillo.

–Ha sido el puñal que tiene en la mano. Ya me queda poco tiempo.

Juan dejó caer el cuchillo y se tomó la cabeza a dos manos.

–¡Yo no he sido!. Solo abrí el cajón. Me culparán a mí. Nadie me creerá. Me encarcelarán por veinte años.

–Tranquilícese. –Dijo Edgard– Compórtese como Saúl

–¿Quién diablos es Saúl?

–Es el personaje de una de sus novelas. Un asesino en serie que sabe ocultar muy bien los cadáveres.

–¿Y cómo lo haría él? –dijo Juan.

–Se aseguraría de meter el cadáver en esa maleta. Debe hacerlo antes de que se ponga rígido. Coloque también cuatro ladrillos, de esos que están en el rincón, pues todo irá al fondo del mar. Para ahorrarle trabajo, ya le hice orificios a la maleta para que salga el aire y puedan entrar a comer algunos animalitos. En el muelle hay un bote a motor, de nombre Caronte. Embarque la maleta y navegue tres millas hacia el noroeste. Ahí se encuentra una profunda fosa a la cual no llegan las redes de pesca. Las demás instrucciones están en los papeles del cajón.

–Y cómo se comunicará conmigo

–En algunas ocasiones escuchará mi voz y para todo lo demás encontrará en el cajón lo que necesita –diciendo eso cayó muerto.

Juan hizo lo indicado. Con algún trabajo colocó el cuerpo en la maleta junto con los ladrillos. Con un carrito de compras llevó el bulto al bote y lo envió al fondo del mar en el lugar señalado.

El departamento

Regresó al apartamento y se entretuvo mirando las cosas. Tomó la fotografía de la mujer preguntándose cuál sería el nombre.

–Juliette –dijo una voz apagada a sus espaldas.

Juan se volteó, pero a su lado no había nadie.

–Vaya así funciona –dijo para sí mismo –y ¿qué más hace ella?

–Danza –respondió la voz

–¿Eres Edgard?

–Si

–Como puedo saber más cosas?

–Papeles

Se dio cuenta de que no había revisado el cajón, había varios papeles sueltos y dos manuscritos de novela. Comenzó a leer uno de ellos, a media página se dio cuenta de que le faltaba algo que le diera sabor. Escuchó la voz “dolor” y se le ocurrió escribir una línea adicional de un dolor lacerante que sentía el protagonista. Le gustó como quedó.

Continuó de esa manera leyendo, escuchando, corrigiendo y agregando párrafos enteros de textos. Nunca habría imaginado que fuese tan fácil escribir, y además hacerlo bien.

Se estiró un momento para descansar y vio la cafetera, colocó nuevo café y mientras hervía encendió el equipo de música y le subió el volumen.

En ese momento sonó el teléfono, y escuchó una voz de mujer:

–Bribón, por tu culpa llegué tarde al trabajo.

–¿Con quién hablo? –preguntó él, bajando un poco el volumen de la música.

–Ahh señor escritor, ahora está de broma. Soy la secretaria de la editorial. Mi nombre es Sofía por si lo ha olvidado tan rápido. La editorial, esa que usted llama cueva de ladrones, lo va a presentar esta noche en el hotel Bristol. No lleve la corbata roja, use la azul marina. La invitación, aunque usted no la necesita, la dejé en el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Y para que en el evento no se limpie la nariz con mis medias, sáquelas del otro bolsillo y las cuelga en el baño. Yo no podré estar en la cena.

–Ummm… ¿Algo más? –dijo él.

–Lo mismo quiero saber yo.

Qué diantres más debería, saber. ¿Debería preguntarle por el dinero del adelanto? Parecía que había algo más con esa mujer.

Escuchó una voz interior que decía “Disculpa”.

–Eso. Disculpa. Hoy… estoy un poco extraviado.

–¿Quieres que vaya esta noche o no? — dijo ella.

–Si por supuesto, me encantaría conocerte, quiero decir verte. Pero no, será mejor mañana. Esta noche tengo que revisar algunos papeles.

–¿Estás con alguien?

–No, estoy solo.

–¿Por qué tienes música?

–Porque la estoy escuchando –dijo el.

–Así que quieres discutir de nuevo

–No, no quiero discutir.

–Bueno, mañana hablamos

Sonó un clic y se cortó la comunicación.

Tomó la invitación para ver la dirección y la hora. Revisó un bolsillo interior y encontró un sobre con su nombre, dentro de él había un gran fajo de billetes. Era una suma muy buena.

Dejó el sobre en el escritorio y siguió escribiendo. Aunque cada cierto rato lo abría para volver a contarlo y acariciarlo.

Siguió escribiendo hasta que oscureció, miró el reloj y se dio cuenta de que le quedaba media hora para llegar a la presentación.

Se colocó la corbata azul y la chaqueta y salió apurado en dirección al hotel, pero se devolvió a recoger el sobre con dinero.

El discurso

Al llegar a la recepción una mujer con una bandeja con copas se acercó.

–Hola, soy la recepcionista. Le estábamos esperando. El senador desea conocerlo y también el alcalde. ¿Desea una copa antes de su discurso?

–¿Discurso? ¿Qué discurso?

–Aquí está el discurso que nos envió la semana pasada. No se preocupe si olvida algo, solo tiene que leerlo.

–Ahhh, necesitaré un trago entonces.

Se sirvió la copa y la dejó en la bandeja

–Si desea algo más solo tiene que buscarme, estaré por ahí –dijo ella con una sonrisa sugerente.

–Ohh, si lo haré.–dijo mientras la seguía con la mirada.

De pronto apareció un hombre que lo tomó del brazo y lo llevó casi volando a un escenario iluminado mientras escuchaba por los parlantes.

–Y aquí tenemos a nuestro famoso escritor.

Quedó paralizado de terror frente a la multitud que aplaudía. Trató de mover sus piernas para huir, pero no respondían. La boca quedó abierta como si tuviera un gran huevo invisible atravesado en ella. El papel con el discurso temblaba en sus manos.

De pronto escuchó en su interior la palabra «Idiotas»

–Idiotas –dijo fuerte como si escupiera el huevo.

Todas las caras quedaron congeladas tratando de esbozar una sonrisa.

Juan suspiró, de alguna forma esa palabra lo hizo recobrar el aplomo. Tomó una gran bocanada de aire, guardó el papel en el bolsillo y dio unos pasos por el escenario mientras decía:

–El pánico escénico, como el que acabo de mostrar, es una parálisis, y se cura, según una leyenda urbana, imaginando que los espectadores son idiotas. Tal vez eso ayude a quitar el pánico al orador, pero no es algo agradable de saber para los espectadores.

Si yo los trato de idiotas ustedes van a pensar lo mismo, y quizás algo peor, de mí.

Bueno, algo parecido sucede con los lectores, pues muchas veces se preguntan: ¿Pero es que el autor piensa que somos idiotas?, No sabe colocarse en el papel de lector. Pareciera que cada dos líneas hay que enviarle un mensaje “Oiga señor escritor no escriba para su cabeza, escriba para personas”

Bueno, yo pienso que mis lectores son inteligentes. Mucho más inteligentes que yo y por lo tanto capaces de descubrir inconsecuencias, mentiras, excesos de adjetivos, redundancias y demás pecados literarios.

Pero esto no se aplica solo a escritores y lectores. Se aplica también a políticos y ciudadanos, a médicos y pacientes, a profesores y alumnos.

Los lectores, los ciudadanos, los pacientes y los alumnos no son idiotas. Son personas inteligentes que observan, sienten, comparan, intuyen y saborean.

El hecho de que alguien sepa hacer algo, ya sea un arte, una ciencia o una técnica no significa que él sea un genio y los demás sean idiotas, pues la genialidad a mí entender -y con esto finalizo mi discurso- consiste en estimular a genios para que descubran y estimulen a otros genios. Muchas gracias.

Siguió un aplauso estruendoso, con manos alzadas para felicitarlo y abrazarlo.

–Qué discurso –dijo una mujer de labios gruesos y brillantes

–Corto y preciso -decían otros

–Debemos postularlo a Gobernador –mencionó un hombre gordo con un habano en la mano

Esto sí que es vida, pensaba Juan, mientras brindaba y daba gozosas miradas a las damas que le pedían su autógrafo.

El dinero

De pronto un hombre de chaqueta amarilla, muy atildado, lo tomó del brazo y lo llevó aparte susurrando;

–Si quieres vamos ahora a un lugar tranquilo. Dime ¿Lo haremos o no?

— ¿Qué cosa haremos? –dijo él.

–Eso que los demás no deben saber todavía.

No sabía que era, seguro que era algo extraño. Así que respondió

–Creo que no debemos hacerlo.

–¿Es por dinero no es cierto?, crees que soy muy caro para ti. ¿O me quieres cambiar por otro?

Juan pensó: ¿Pero es que el tal Edgard corría a dos bandas?. Eso no estaba en el acuerdo. De pronto escuchó la palabra “Recuérdame”

–¡Recuérdame!, sí, tengo muchas cosas en la cabeza, recuérdame de qué se trata.

–La película de tu novela. Yo sería el director, ¿crees que cobro muy caro?

–Ahh, eso, dijo suspirando –déjame verlo con calma.

No, respóndeme ahora, estoy sin trabajo, mi esposa me abandonó y mi madre está enferma. Si no consigo esto me suicido ahora mismo dijo mostrando una pistola.

–Guarda eso!!. Espera tengo un dinero. Te puedo adelantar algo –dijo sacando el sobre con el fajo completo.

–Ahh, asaltaste un banco. Tomaré todo el dinero –dijo mientras se apoderaba del sobre lleno.

–No!! Devuélvemelo. Solo te daré doscientos.

–Cuidado, que yo sé en qué estás metido y no es nada bueno.

Juan quedó inmóvil, tragó saliva antes de preguntar

–¿Lo sabes,? ¿Todo?

–Si, y esto puede pagar mi silencio –dijo guardando el fajo. –La pistola ya no la necesitaré. Te la regalo.

Juan quedó inmóvil viendo como se dirigía hacia la salida.

El ajuste

En ese momento un hombre macizo con corbata de mariposa apareció con una botella y una copa en la mano. La voz interior dijo “Editor”

–Vaya, –dijo el hombre– se ve más rejuvenecido. Tome una copa. Ya no tiene esa terrible cara. Ve que yo tenía razón, necesitaba un descanso de un par de días para recuperarse. Lo vi conversando con Rafael. Lo despedí esta mañana porque intentó estafar a un cliente pidiendo dinero adelantado para una publicación. Fue divertido. Me dijo que él sabía cosas de mí y yo le respondí, ¿A ver cuáles cosas sabes de mí? Y no supo qué contestar. Seguro que le hace el mismo truco a otros para sacar dinero. –Pero ¿a dónde vas ahora?

Juan salió de prisa por la puerta que da a la calle.

Lo siguió por tres cuadras, alcanzándolo en las escaleras de una pasarela sobre la autopista y para amenazarlo, sacó la pistola, que salió enredada con unas medias de mujer.

–Jaja. La pistola es de fogueo y la medias, las usaré de corbata, –dijo Rafael mientras apoyaba su espalda en la baranda.

De pronto cedió la baranda y cayó de espaldas. Juan trató de detenerlo tomándolo de las medias que se enredaron en su cuello. Rafael quedó colgando como un péndulo. No podía soltarlo o se iba a estrellar. De pronto dejó de moverse. Ya no pudo más y el cuerpo cayó a la autopista.

Juan se alejó de ahí lo más rápido posible en dirección al puerto.

La esposa

Dio vueltas en el departamento hasta que escuchó la voz que decía: «Escribe»

Se puso a escribir frenéticamente hasta que escuchó sonar el timbre. Miró la hora, eran las dos de la madrugada. Abrió la puerta. Era Juliette.

–Acabo de llegar del aeropuerto –dijo ella– no tengo las llaves de la casa. Necesito que me pases las tuyas. Solo eso y me voy para no molestarte.

–Si, pero primero toma un café conmigo

-¿Seguro?, ¿Estás solo?

-Si

–Bueno. Prefiero un vodka. Los vasos en los aviones solo sirven para canarios.

Juan tomó del estante un vaso mediano, pero ella ya tenía uno grande en su mano

–¿Qué haces? –preguntó ella

–Nada, te estoy mirando, estás encantadora.

–No me miras mucho últimamente. Hice una nueva danza

–¿Puedes mostrármela?

–¿En verdad quieres verme bailar?

–Sí

Ella dio unos pasos tarareando y quedó junto a él

–Te digo una cosa, no perdí las llaves. Quería verte

–Yo también quería verte.

La tomó de la cintura y recorrió su espalda, ella respondió con un leve mordisco en su hombro.

Las manos de Juan se transformaron en jauría, en ciega exploración de territorio. Su boca recorría el cuello, los hombros y luego se detenía a sorber con placer los pezones de Juliette.

De un golpe al diván lo dejaron convertido en amplio lecho y se enredaron en él, bajo una cascada de libros, libretas y lápices que les caían encima de la trepidante biblioteca.

Esa noche, unidos en piel y deseos, conversaron de ellos. Juliette se levantó una vez para ir al baño y dos veces para recargar el vaso.

Al desayuno se sirvieron huevos revueltos con café para Juan y algo de coñac para ella pues el vodka se había acabado.

–Estás diferente, atento, amable –dijo ella– Me gusta. ¿Estás seguro de que debemos recomenzar?

–Es lo único que quiero –dijo él.

–Y… ¿Dejarías de encerrarte a escribir y de verte con zorras? ¿Y bailarías conmigo?

–La verdad es que escribir se ha vuelto mi vida, y pues que no se me da el bailar.

–Y tampoco puedes dejar a las zorras ¿no es cierto? –dijo levantándose de la cama para vestirse.

–Escucha, en verdad, no sé ni siquiera quienes son. No lo sé hasta que aparecen.

–O sea que son tantas que no sabes sus nombres. Ni cuantas más van a llegar. Ya no te queda ni la vergüenza de decir que eres un maldito canalla –dijo marchándose con un portazo.

Juan soltó un largo suspiro. En seguida escuchó un par de leves golpes a la puerta. Abrió con ilusionada sonrisa. Era el vaso vacío, que entró zumbando para ir a estrellarse contra la cocinilla. La puerta de nuevo se cerró de golpe.

Un caso

Fue a prepararse un café para pensar un poco. Luego escuchó la palabra «Escribir» y se enfrascó en continuar escribiendo, pero a cada rato volvía a mirar la foto de Juliette.

A mediodía sonó el timbre

Abrió con cautela por si entraba algún otro proyectil.

Era un hombre alto, con impermeable que le mostró una identificación policial

–Buenos días, disculpe interrumpirlo. Sé que es un escritor muy ocupado.

–¿En qué le puedo ayudar?

–Estoy investigando un caso extraño. Un hombre muerto. Quizás usted lo vio en el evento de anoche en el Hotel. Fue atropellado, pero murió por estrangulamiento, con medias de mujer. También pudo ser un accidente porque cedió una baranda del paso peatonal. O quizás se quiso suicidar. Pero ¿Quién se quiere suicidar con tanto dinero encima?

Juan escuchaba con atención

-Bueno el caso es que él tenía un sobre con su nombre y el dinero entregado a usted por la editorial. Eso lo he confirmado esta mañana con ellos en sus oficinas.

Juan hizo un esfuerzo por parecer impasible.

Pareciera que ese dinero es suyo,–dijo el detective– ¿Lo tiene usted?

–Revisaré la chaqueta.–dijo Juan– No, no está. Anoche lo llevé al hotel.

-Seguro que él se lo escamoteó. Puede pasar a retirarlo a la comisaria

–Ahh, muchas gracias.

-Una cosa, sin importancia, ¿Cuánto mide usted?

-Un metro setenta y cinco, ¿Por qué?

Hay un testigo que dice haber visto un hombre de esa estatura en el puente a esa hora: Imagínese la estupidez que se me ha venido a la cabeza; un famoso escritor le paga a un hombre para que muera por caída accidental, suicido y atropellamiento. Todo a la vez. Seguro que a usted jamás se le habría ocurrido eso para una novela.

-Nunca se me habría ocurrido.

-No sabemos cómo se colgó, y el jefe quiere saber de quién son las medias. También lo que llama la atención es que el tipo era chantajista. ¿Le sabía algún secreto a usted? No digo que usted estuviera pagando a alguien por ocultar algo, pero el jefe me encargó que esto no lo salpicara teniendo en cuenta que hay personas importantes que lo desean postular a gobernador.

-No tengo nada que ver en eso.

-Me parece muy bien. Y mire que coincidencia. En la editorial hay una secretaria con piernas muy bonitas. Me llamaron la atención sus medias y me dijo la marca y el número que ella usa. Ese tipo seguro que era fetichista y creo que le robó a ella un par de medias para suicidarse, ¿no le parece?

-Sí. Podría pensar que así fue

-También creo que usted va a ser el próximo gobernador y quizás necesitará un buen jefe de seguridad, ¿No cree?

-Creo que sí, no había pensado en eso

-Bueno no le molesto más, seguro que tiene trabajo que hacer.

Juan quedó rumiando: Este maldito sospecha algo. Lo mejor seria marcharse lejos, con Juliette por supuesto. ¿Cómo Edgard podía ser tan idiota de dejarla abandonada?

Decidió llamarla a la casa

La llamada

–Aló Juliette. Creo que no supe expresarme y quiero verte.

–Ahora voy a bailar,

–Te puedo acompañar. Por ti puedo aprender cualquier cosa.

–Es algo difícil bailar de a tres. Estoy con alguien.

–¿Cuánto tiempo vas a bailar con ese alguien?

–No sé. Él quiere que sea por siempre, me ha pedido que nos casemos. Tengo mis dudas, pero creo que será mejor que este infierno que tenemos ¿No habrá problemas en divorciarnos, no es cierto? Él es abogado.

–¿Abogado de qué?

–Abogado de pleitos civiles por supuesto. Divorciarse no es un crimen.

–Juliette escucha. Yo era abogado de pleitos civiles y era un hombre diferente. No era un maldito canalla.

–Jajaja. No sigas de nuevo con tus estúpidos personajes, no conmigo. Deja eso para tus zorras y tus floridas novelas.

–No son zorras floridas, quiero decir novelas estúpidas. Iré a casa y arreglaremos esto de una vez.

–Sí querido, ¿Lo harás como Saúl el asesino? ¿El que se deshace de cadáveres en el mar? No quisiera que estropearas alguna de mis maletas.

Escuchó un clic al colgar ella la llamada.

Se dio cuenta de que ella sabía, la única mujer que amaba lo sabía todo y lo abandonaba.

La publicación

Ya no había salida. Abrió el cajón para ver si había alguna solución y sí, había un papel con esto:

“Coloque un nuevo aviso”

Sí, eso. Así sería, todo de nuevo. Como el reinicio del ordenador.

Colocó un aviso en el diario ofreciendo un escritor fantasma, y al día siguiente, cuando salió publicado lo revisó para ver si estaba bien. El anuncio estaba completo. Tal como lo había visto la primera vez.

Pronto llegaría alguien para sustituirlo.

Ya más tranquilo y sin otra cosa que hacer continuó leyendo el periódico y se encontró más abajo con esto:

¿Necesitas una coreógrafa experta tras bambalinas?

“Se ofrece, en total anonimato, instructora de danza y ballet para dar a tus coreografías una personalidad y sabor propio.

Conviértete en una “Prima ballerina” de tu propia compañía de danza.

Poseo experiencia comprobable en crear coreografías originales y sensacionales para baile, ballet y danzas tradicionales.

También poseo experiencia en dar gracia y belleza a cada movimiento y en acompañar y enriquecer tu trabajo en el escenario.

Te aseguro que, de trabajar juntas, tus danzas, tu sensibilidad y tu vida nunca más serán lo mismo.

Se garantiza reserva absoluta.

El valor es a convenir”