Encuentro en el escupo del diablo

Ese polvoriento pueblo del oeste, Escupo del Diablo se llamaba, solo por existir se merecía un atraco al banco. Entré con mis dos compinches con bolsas de lona vacías para cosechar a balazos el verde pasto.

El interior del banco estaba extraño, silencioso. El suelo alfombrado con clientes y cajeros.

No alcancé a retroceder cuando un cañón se introdujo en mi oreja.

Sentí la vibración del amartillado mientras una mano me toqueteaba las bolas y me soltaba el cinturón del revolver.

—¿Daniel? —preguntó una voz de mujer a mi lado.

Supe al instante quien era. Mis manos intentaron alcanzar un arma que ya no estaba. El cañón se introdujo más en mi oído mientras ella decía:

—A tu hermano lo maté con los pantalones abajo. Puedo hacer una excepción contigo.

—Lo mataste por la espalda perra. —le respondí.

—Fue después que me violó.

—Dispara rápido porque te atravesaré a balazos si te atrapo —le dije.

—Uyy que miedo!. Tan bocón como tu hermano.

—¿Vinimos a robar o a discutir cosas de familia? —dijo una voz ronca.

—¡Cállate idiota! —exclamé— Llévense el dinero, pero esta puta se queda conmigo.

—Qué!! ¿Te las vas a follar ahora?. ¿Tanto te excita una pistola en la oreja?

—Es mi pistola la que se la va a follar —dije mientras extraía la pequeña Derringer de mi manga y la ponía en su pecho.

—Maldito, olvidé que eres un tramposo jugador.

Le miré la cara. Estaba tan bella como antes. Sentía como su pecho subía y bajaba.

—Salgan todos! —grité.

—Los matarán a los dos si se quedan aquí. —dijo la voz ronca.

—Me quedo para matarlo —agregó ella.

Salieron todos atropelladamente; clientes, cajeros y asaltantes.

Nos quedamos solos. Bajamos las armas.

Fui al escritorio del gerente, encontré una botella a medias de whisky y unos habanos.

Ella estaba en silencio sentada en la esquina de un escritorio.

Tomé un espejo, me mojé la cara y saqué la navaja para afeitarme.

—¿Te vas a rasurar ahora? —preguntó.

—Quiero verme bien en el ataúd. Los periódicos se merecen una buena foto.

Una bala entró rompiendo vidrios por una ventana

Ambos nos tiramos al suelo.

—Pensé que te habían matado —dijo ella

—No fuiste a averiguarlo.

—¿Para qué si andabas con esa golfa?

—Tú no eras tan santa tampoco.

—Tú me metiste en esto. Cabrón.

—Lo sé, y me arrepiento de ello. Ahora te voy a sacar —dije mientras le daba un puñetazo que la aturdió.

Desgraciadamente despertó antes que yo pudiese pegarme un tiro en la cabeza.

—¿Qué haces? —dijo quitándome el arma

—Ahí está mi cartel de «Se Busca» —le respondí— tendrás tu recompensa y te perdonarán por haberme matado.

Otra ventana estalló por disparos de escopeta.

—Dispárame ya —le dije— nos harás un favor a los dos.

—¿Por qué te fuiste con esa mujer? —me preguntó.

Tomé un largo trago de la botella antes de responder. Afuera gritaban que saliéramos.

—Ese día había pasado por una joyería. —le dije— Primera vez que entraba a una sin asaltarla. Atienden mucho mejor. Compré dos anillos. También me había bañado y afeitado. Pero tú estabas bebiendo con esos tipos.

—¿Eran para mí? ¿Para nosotros dos?

—Eran —le respondí

—¿Aún los tienes?

—Si, pero ya no importa. Por favor ¿puedes dispararme antes que entren?

—Pídemelo —dijo ella

—¡Dispara ya!

—No eso no. Pídeme que me case contigo.

—¡Qué!.

—Pídemelo o me mato —dijo apuntándose el arma a la sien.

—¿Querrías casarte conmigo? —le dije.

—Sí, por supuesto —me dijo saltando encima para besarme.

—Ahora dispárame.

—Lo haré si vuelves a irte con otra. Y bueno. Sabrás que toda mujer quiere casarse por la iglesia.

—Ahhh ¿y quieres casamiento con cura, banda y todo eso? Ja, ja, ja no creo que estemos en condiciones para eso.

—Cruzando la calle hay una iglesia —me dijo con una sonrisa.

Le miré en silencio como nunca la había mirado. Me paré y le ayudé a levantarse. Ordenamos nuestras ropas, nos colocamos los anillos. Le di mi brazo y un beso y, en medio de estrépitos y astillas salimos a la calle, al aire, al sol, camino de la iglesia.