Voy, voy

Rolando Gutierrez, motorista de carabineros, estaba encantado con su nueva chaqueta de patrullaje. Se dirigió en su moto a la entrada del Mall para que todos lo vieran. Estacionó en la calzada peatonal y entró a comprar un refresco. Se estaba acomodando los lentes y la postura ante un gran espejo cuando ronroneó la radio.
—Cabo Gutiérrez, usted se va al puente Altamira.
—¿Tan lejos? —respondió él— Eso queda al final de la carretera. Ahí no hay nadie.
—Cabo, ¿se está quejando?
—¡No mi sargento! Voy, voy.
Ya en el puente, bajó de la moto y se puso a revisar el celular.
«Rrrr rrr» resonó la radio nuevamente.
—Aquí el cabo Gutiérrez en la frontera.
—No venga con bromas y diríjase de inmediato al camino La Yesca: sospechoso en camioneta verde a exceso de velocidad.
—¡Sí, mi sargento! Voy, voy.
Tomó por un atajo que salía a La Yesca, llegó al cruce del camino y miró a ambos lados pensando si ya habría pasado la camioneta. De pronto, en medio de una nube de polvo, apareció ésta a toda velocidad, con la bocina aullando para que el motorista se hiciera a un lado.
Lo siguió en su moto. El vehículo entró a una villa de calles estrechas, viró a la derecha y se detuvo en medio de una cancha donde estaban jugando fútbol. De la camioneta bajó un hombre con camisa roja, los brazos abiertos y saltando como si estuviera celebrando un gol.
Rolando bajó de la moto, se acercó lentamente al sujeto mientras tanteaba su pistola en la cartuchera.
—No se mueva. —exclamó Rolando— Ha cometido cinco infracciones y…
El hombre de la camisa roja lo miró sorprendido.
—¿Me siguió hasta aquí? No tiene idea dónde se metió.
—¿Qué cosa? —preguntó el policia.
—Mire el partido de fútbol. —observó el hombre.
—¿Eeeehh?—dijo el carabinero— los jugadores, la pelota, los pájaros, no se mueven, están todos quietos.
—Inmóviles, congelados, estáticos, no sólo ellos; el tiempo se ha detenido —explicó el de camisa roja.
—Estoy soñando. ¿Cómo llegué aquí? —dijo Rolando.
—Me siguió mientras yo seguía el túnel y entró conmigo.
—¡Tengo que despertar, tengo que despertar! —gritaba Rolando mientras pateaba el suelo y se daba puñetazos en el pecho.
—Así no podrá despertar, hay que esperar que vuelva el túnel. Mejor será que aproveche el momento.
—¿Cómo? —preguntó Rolando.
—Aprovéchelo. Así por ejemplo: ¿cuánto es 823 por 443?
—364.589 ¿Cómo dije eso? Pero sé que es correcto.
—¿Cómo percibe el mundo ahora? —quiso saber el desconocido.
—Lo percibo como un reloj, pero siento que yo soy el tiempo. ¡Diablos! ¿Cómo puedo decir cosas tan atinadas y además, entenderlas?
—Es porque ha dejado de ser un espectador del tiempo. Por eso persigo el túnel. Por ahí está comenzando a aparecer, así que hay que apurarse para alcanzarlo.
—Cuándo vuelva, —dijo Rolando— ¿voy a ser tan despierto como ahora?
—No, será como siempre ha sido.
—¿Y de qué sirve entonces alcanzar el túnel? —exclamó.
—Para plantar ideas como ésta: ¿Cómo perseguiría un sueño?
—Deteniéndome.
—Exacto, debe recordar eso cuando esté despierto. Esas ideas van a aparecer en su vida y debe aplicarlas antes que se evaporen o vayan a hacer nido en otra cabeza. Pero ahora necesitamos apurar el paso…
—¡Nooooo! Son las ocho, nos quedamos dormidos —exclamó su esposa mientras saltaba de la cama.
Estaba en su cama, en su casa, en su mundo. Había tenido un sueño tan loco… pero qué inteligente era en el sueño: sabía multiplicar de verdad y además entendía cosas enredadas como…. como… ¿Qué diantres era lo que entendía tan bien?
Su mujer salió del baño tomándose el pelo.
—¿Qué? ¿Vas a seguir acostado? Tienes que llevarme al trabajo.
Rolando se puso a buscar sus pantalones, los lentes oscuros y su nueva chaqueta mientras respondía.
—Sí, mi amor. Voy, voy, pero no tan rápido para que me alcancen mis perdidos sueños.
—¿Qué locura estás diciendo? —dijo ella, riendo.
—No te muevas, quédate así, quieta, quieta. Te ves angelical recortada en el sol de la ventana. Estás multiplicando el tiempo con tus risas de olas y mar.
—Ponte el traje de baño.
—¿Aaaahhhh? —preguntó él.
—Nos vamos a la playa.
—Voy, voy.