La vida de Juan

Desde un cierto punto de vista, este era un mal día para Juan. Hacía diez minutos que lo habían despedido del trabajo. Ese no era el problema más apremiante; el problema era que lo habían despedido tan temprano que no tenía nada que hacer el resto del día. A su casa no iba a ir tan pronto a enfrentarse con la ira de su mujer. Los cines todavía no abrían, y ya había desayunado, así que no tenía hambre como para ir a una cafetería. Estaba la posibilidad de ir a leer el diario sentado a un parque, pero los diarios pierden su sabor cuando se leen fuera de la oficina, además de que, a esa hora, tanto el pasto como los bancos del parque están siendo regados por los jardineros.
Así estaba, como un poste humano en la calle, zarandeado por los últimos oficinistas que se apresuraban a llegar a sus puestos de trabajo. En ese momento se fijó en un gran cartel al otro lado de la avenida con la leyenda:

Y.. ¿CÓMO SIGUE LA HISTORIA?

—¡Vaya! —se dijo a sí mismo–, esa pregunta es para mí.
Se encaminó al cartel para leer la letra chica:

«Y.. ¿CÓMO SIGUE LA HISTORIA?
Si la historia de tu vida no merece ser contada o escrita es porque aún no has entrado a tu verdadera vida. Pero no hay que afligirse. Si estás leyendo esto es señal de que aún respiras. Entra, lee un libro y descubre lo que han vivido otros; así tomarás ánimos para comenzar a escribir tu propia vida.»

El edificio del cartel resultó ser una biblioteca. Comenzó a subir la ancha escalinata que conducía a las añosas puertas. En un largo pasillo embaldosado había una mujer descalza, que, acomodada en el soleado nicho de una ventana, revisaba unos documentos. A sus pies tenía unas carpetas y un basurero. La mujer tomaba papeles y los leía. Se reía de algunos y luego los rayaba con un grueso plumón; otros se los pasaba por el trasero y enseguida los tiraba al papelero.
Juan se acercó a preguntar.
—Disculpe, ¿usted trabaja aquí?
—Sí, trabajo aquí. —respondió ella.
—Ese cartel de afuera, ¿quién lo escribió?
—Nuestro ex director.
—¿Ex director? —volvió a preguntar Juan.
—Sí, colocó ese cartel y renunció o algo así para ir a tocar acordeón.
—¿Es un músico? —inquirió él.
—No sé si lo será, pero fue a aprender acordeón a Buenos Aires.
—A un conservatorio. —añadió Juan.
—No, a los bares. —respondió la mujer.
Juan quedó en silencio unos momentos.
—Me habría gustado conocerlo ¿Y el nuevo director mantendrá el cartel? Me parece muy inspirador.
—Nos estamos encargando de que, por algún tiempo, no tengamos nuevo director —le dijo, mientras volvía la vista a sus papeles, para luego agregar:
—Y si no le importa, tengo que despachar varios documentos.
Mientras Juan se volteaba para alejarse, la mujer le dijo, en tono que era más afirmación que pregunta:
—Ha perdido el cuidado.
—¿Cómo? —exclamó él.
—Ha perdido el cuidado y eso está bien.
—Disculpe, no le entiendo. —comentó Juan.
—Hace un momento tampoco entendía —dijo ella—, pero estaba feliz; ahora se preocupa porque no entiende. Mire, se haría un gran favor si no regresara tan rápido a ser idiota. Busque un libro por ahí, y, si es inteligente, úselo como trampolín para hacer algo.
Juan avanzó por el pasillo hasta llegar a un amplio salón con mesas de lectura. Estaba abstraído, observando la tranquila estancia, cuando una mujer le preguntó:
—¿En qué le puedo servir?
—La verdad es que ando mirando —respondió—, quizás leer algo para matar el tiempo; nada técnico, puede ser novela o cuento.
—¿Lectura breve o larga?
—Elija usted; me acaban de obsequiar un futuro de días libres.
La mujer lo miró como sopesándolo. Abrió una caja de cartón, extrajo un voluminoso libro y se lo puso enfrente.
Juan leyó el título:
—Las mil y una noches V. I. ¿Que significa V. I.? ¿Es la sexta edición?
—Para algunos significa Versión Irreverente —dijo ella—, aunque hay especialistas que afirman que es la original y le llaman Versión Inicial; otros le llaman la Versión Íntegra. Depende no sólo de cómo se lee sino de cómo se interpreta. Para mí es la Versión Inspiradora.
—Me parece bien —razonó Juan—. ¿Por cuántos días es el préstamo?
—Este libro es sólo para leer en biblioteca, pero dispone de salas tranquilas con cómodos sillones.
Juan fue a un pequeño salón y comenzó su lectura en un mullido diván. Estaba absorbido con la historia de Sherezade cuando, alzando la cabeza, notó que comenzaban a encenderse las luces de la sala.
“¿Y por qué encienden las luces tan temprano?”, se preguntó, y, viendo su reloj, se dio cuenta que ya eran las seis de la tarde. Se acercó a la ventana y miró las frías calles con la corriente humana de vuelta a sus hogares.
“Si Sherezade fuera hombre, ¿qué haría en mi lugar?”, se preguntó. Bueno, quizás nunca lo sepa, pero sí que estoy seguro de que algunas cosas que yo hago, ella, si fuera hombre, no las haría.
Devolvió el libro y fue a un restaurante del mercado a comer un pastel de papas acompañado de un buen vaso de vino. Algunas personas lo miraban raro por estar en ese lugar con ropa de oficina. Salió de ahí y pasó por una tienda de ropa usada. Se compró una gastada parka roja, un gorro de lana incaico y unos cómodos y abrigados pantalones con diseño escocés. Sin duda Sherezade aprobaría de buen grado esas prendas.
No tenía deseos de volver a su casa, así que eligió un hotel barato, que con el nombre de «El Caballo Ganador» lo encontró de muy buen augurio; aunque parecía que en las otras habitaciones se corrían algunas carreras en pos del triunfo, a juzgar por los galopantes ruidos y jadeos que duraron parte de la noche.
Al despertar pensó: “Qué diferente es esta mañana; ha llegado como La Mañana; hasta el aire es diferente ¡Es el aire de Sherezade!”, exclamó, poniéndose en pie de un salto.
Temprano ya estaba a las puertas de la biblioteca esperando que abrieran. La bibliotecaria lo saludó con un «Que lo disfrute» mientras le entregaba el libro.
Así se lo pasó Juan durante cinco días. No alcanzó a terminar el libro, pero pensó que ya era hora de ir a casa, no para volver como antes, sino que para ver cómo se veía el hogar de Juan con los ojos de Sherezade.
No tuvo tiempo de colocar la llave en la cerradura de su casa cuando, mágicamente, se abrió la puerta como si hubiese dicho «Ábrete, Sésamo»
—¿Dónde estuviste todos estos días? —preguntó furiosa la mujer de Juan.
Juan entró en silencio, mirando fascinado el lugar donde vivía Juan.
—¿Es que no puedes contestar? ¿Y esa ropa? —inquirió la mujer.
Juan se volvió con una sonrisa a mirar a la esposa de Juan.
—Juan ya no está porque conoció a Sherezade —respondió lentamente.
—¿Qué cuento me estás inventando?
—No es un cuento, la vida de Juan es un mal cuento.
—¡Me estás engañando! —gritó la mujer mientras le lanzaba un rápido golpe a la cara que Juan esquivó, pero que a ella la hizo caer con estrépito sobre la mesa de centro.
La mujer no necesitó levantarse, pues desde el suelo tenía a su alcance suficientes jarros, vasos y ceniceros que usaba como proyectiles mientras gritaba a todo pulmón.
—¡Eres un desgraciado infeliz!
Algunos objetos acertaban en Juan, otros los esquivaba y otros los atrapaba en el aire.
De pronto se escucharon fuertes golpes en la entrada, Juan abrió la puerta con una mano, mientras en la otra sostenía los restos de un macetero que había llegado volando.
El policía que había golpeado a la puerta se encontró con una escena clarísima; un indigente atacaba con un macetero a una pobre mujer en el suelo.
—No se mueva— dijo el policía, mientras lo aplastaba contra la pared para colocarle las esposas.
—Vaya —dijo Juan– así es como el sultán ordenó cortarle la cabeza al guardián que ingresó al harén.
—¿Acaso me está amenazando? —respondió el policía–. Veremos lo que dice el juez.
Después de un día en el calabozo, llevaron a Juan ante el tribunal.
—Sí que es un hombre con suerte —comentó el juez—. Tenemos informes que fue despedido de su trabajo y quizás eso gatilló su estado agresivo. Su esposa está dispuesta a perdonarlo si regresa a casa y acepta un nuevo trabajo en la empresa de su cuñado. De todas maneras, debido a las amenazas a un policía, quedará en libertad condicional por un año, si mantiene un trabajo estable y no se mete en dificultades durante ese período. ¿Qué dice al respecto?
—Las dificultades de los hombres siempre son oportunidades para que algún mercader obtenga riquezas. —aseveró Juan.
—¿Me está llamando mercader? ¿Cree que la justicia es un mercado? —respondió irritado el juez.
—El mercado de Basora es más justo que esto —replicó Juan—, pues en él un hombre puede elegir la fruta que más le convenga; si no tiene dinero, come las sobras y si tiene dinero y come mucho le hará mal. En este lugar sólo hay un mercader que vende una cosa que ya he probado y no me gusta.
Como resultado de esa respuesta, Juan pasó rápidamente a ser un nuevo huésped de la prisión de la ciudad. Durmió la primera noche en una pequeña celda de paso y al otro día lo llevaron al patio de ejercicios.
Como lo vieron recién llegado, se acercaron varios reclusos a preguntarle:
—Y tú, ¿por qué estás aquí? Cara de asesino no tienes, quizás estafador. ¿Qué hiciste? ¿Cuántos años te dieron?
—Juan era un problema —contestó Juan—, así que lo eliminé. Quizás debí hacerlo de una forma que no se notara, pero igual lo iban a echar de menos… en fin, me dieron tres meses.
—¿Tres meses por asesinato? ¿Cómo lo hiciste para que te dieran esa condena?
—Pasó como la historia del burro que llevaban al matadero porque ya estaba viejo. El animal iba tan triste que demoró en darse cuenta que en el suelo había una moneda de oro. La pisó con una pezuña para ocultarla, mientras miraba a los lados por si alguien más la había visto. Bajó la cabeza, para tratar de tomarla con la lengua. Pero en….
Un largo pitazo y unas fuertes voces para el conteo de los prisioneros interrumpieron el relato. Quedaron todos formados y luego fueron en fila al comedor.
Juan observó, mientras comía, que varios prisioneros lo miraban de soslayo mientras cuchicheaban entre sí. Terminó de comer pasando el pan por el plato, se levantó para volver al patio y comenzó a ser rodeado por un grupo de reclusos que no le dejaban avanzar. De entre ellos se adelantó un hombre con tatuajes en la cara, tomó un grasiento cigarro que llevaba afirmado en la oreja y se lo ofreció con una sonrisa infantil.
—Tome, amigo. ¿Y cómo sigue la historia?