El loro iluminado

El monasterio de Banthuar, en las montañas azules, era conocido por sus estudios y enseñanzas en diversas materias del saber. De lejanas comarcas acudían discípulos para aprender las nobles disciplinas que conducían al saber y la iluminación.
Los maestros que enseñaban ahí eran grandes conocedores en sus especialidades, pero se fue observando que cada profesor se comportaba como un pequeño dios cuando hablaba frente a los discípulos. Entonces compraron un loro para que, al lado de cada maestro, repitiera cada cierto tiempo: «Eres sólo un hombre», para recordarles que la elocuencia no significa sabiduría.
Todo fue muy bien, pues llevaban al loro en su jaula a todas las clases a cumplir su tarea. Un día sucedió que un maestro no supo responder una pregunta y el loro intervino dando la respuesta correcta. Todos quedaron asombrados y le hicieron al loro más preguntas difíciles, las que respondía con soltura y conocimiento.
La noticia de un loro tan sabio se esparció por la región. De lejos llegaban las personas a consultarlo y de paso dejaban generosos donativos en el monasterio; el cual dejó de a poco de enseñar, pues para qué enseñar o aprender si esta ave tenía las respuestas a todo.
Cada mañana llevaban al loro en su jaula al patio principal para que las multitudes lo adoraran, le hicieran preguntas y dejaran sus ofrendas.
Un cuervo que se acercó a ver qué pasaba, vio al enjaulado loro hablando en medio del gentío. Defecó en el aire con tan certera puntería que la mierda llegó directo a la cabeza del loro. Éste se limpió con molestia mientras en silencio maldecía al cuervo, y continuó con su interrumpido discurso.
Al otro día sucedió lo mismo: el cuervo pasaba y cagaba al loro, y así hasta que éste, ya harto, decidió darle una lección al intruso. Con las alhajas y prendedores que le habían puesto en su jaula, comenzó a manipular la cerradura hasta que pudo abrirla. Dejó la puerta junta y esperó al próximo día, que era de descanso y por lo tanto no llegaba público, para tener la ocasión de atrapar y retorcerle el pescuezo al cuervo.
Al día siguiente, el patio estaba vacío y llegó el cuervo a la hora de sus necesidades. El loro abrió la jaula de una patada y se lanzó contra el entrometido, pero por falta de práctica en volar, cayó como piedra al suelo y el cuervo volvió a acertarle mientras emitía estridentes graznidos. El loro se enfureció más todavía y comenzó a perseguirlo a saltos. Después de un rato, el cuervo se aburrió, o quizás ya no tenía más municiones, y enfiló hacia las praderas. El loro desapareció tras él.
Esa noche los monjes se dieron cuenta de la desaparición y quedaron consternados. Se les ocurrió entonces reemplazar al loro y varios de ellos bajaron al pueblo en busca de un ave que se asemejara al otro, pero sólo encontraron un loro disecado. No tenía los mismos colores, pero podía servir si le hacían algunos retoques.
Al otro día el gentío se encontró con la noticia que el loro ya no necesitaba jaula, pues, por su propia voluntad, había decidido permanecer en la tierra en meditación permanente. Llegó a verlo más gente aún, y efectivamente, el loro disecado no movía una pluma excepto por las que se le caían de vez en cuando, y que reemplazaban de noche los monjes por otras que a ellos les parecían más adecuadas y bonitas. Al final el loro se veía resplandeciente y muy superior a cualquier pavo real.
Un día llegó una niña acompañando a su madre a orar en el patio del loro. Mientras todos estaban postrados y en silencio, la pequeña se movió sigilosamente por aquí y por allá sin quitar un ojo del pájaro. Ya de camino a casa, la mujer pasó a comprar aceitunas. Su hija tomó una entre sus dedos, y mientras observaba los oscuros tonos y cambiantes brillos de la pequeña fruta, le comentó a su madre:
—Mamá, el loro está muerto.
—No hija. Él está en estado de quietud; nos muestra que la serenidad es una de las más valiosas virtudes.
—Umm —respondió la niña mientras escupía el cuesco de la aceituna —pero igual está muerto, y nosotros no.