Amanecer con Charlotte

Es madrugada de domingo. Los últimos invitados de la fiesta se van retirando y Esteban acompaña a Charlotte de vuelta a su casa.
—¡Vaya, vaya! —comenta Esteban—. Todos mis amigos se emparejan, los manejan y son felices. Yo solo quiero tener una novia como una moto; que sea potente, pero que no me maneje.
—Si lo andas publicitando de esa manera, como que no es muy atractivo para las mujeres.
—Bien dicho Charlotte. Qué bueno que no eres hombre; si lo fueras, habrías respondido «Sí, y además que tenga buenos parachoques».
—Oye, por si no te has dado cuenta; soy mujer, hablo y pienso como mujer.
—Sí, creo que me hace falta tener amigas mujeres como tú, para conversar otras cosas que no sean tan de hombre. Pero no soy gay.
—Esteban, tener amigas para conversar de cualquier cosa no significa que alguien sea gay. Pero si te la pasas comparándolas con motos es obvio que no se van a interesar.
—¿Y en qué se interesan?
—En ellas mismas, o sea, no en ellas mismas así tan directo, sino que si alguien les comenta algo divertido del momento, les presta especial atención, o la miran de cierta forma; ellas se sienten destacadas entre todas las demás. Incluso se llegan a sentir como el único sol del universo… ¿Qué? ¿Qué tengo? ¿Por qué me miras así…?
—¡Guau, Charlotte, se nota que te ha sucedido! Entonces así llegan a sentirse las mujeres; como el único sol del universo. O sea que si se les va el universo se quedan sin nada, porque un sol sin universo es como una moto sin autopista y volvemos a lo mismo; que el sol no deja tranquilo al universo.
—Esteban; estás enredando todo. Lo del sol es una comparación.
—Sí, pero no quiero quemarme.
—¿Quemarte con qué? ¿Es que te has quemado antes o quizás te han quemado de alguna forma?
—Charlotte, me preguntas cosas que ni siquiera yo me pregunto.
—No solo yo, Esteban. Cualquier mujer que se interese en ti te va a preguntar cosas que nunca te has preguntado.
—O sea que tengo que preguntarme cosas que nunca me he preguntado, para tener respuestas que no conozco para dejar contentas a mujeres que aún no he conocido.
—No lo compliques tanto. Mira; si quieres interesar a una mujer deja que pregunte algo. No prepares respuestas; responde con sinceridad no solo para ella sino que ante ella. Si además le comentas que nunca te habían preguntado eso, que es la primera vez que lo ves de esa forma, la vas a dejar encantada y quizás enamorada.
—Ya, entonces pregúntame algo.
—¡Jajaja! Tienes que practicarlo con alguien que no lo sepa.
—¿Y tienes otros trucos? —preguntó Estaban.
—No son trucos. Son trucos si no eres sincero y pasa a ser abuso si lo haces por egoísmo o por manipular.
—Charlotte, ¿cómo aprendiste eso?
—Tomé el curso básico de mujer antes de venir al mundo.
—Parece que el tuyo tenía además el curso de caer muy bien; a mí me dieron sólo el curso de motos. La próxima vez me voy a informar mejor.
—Esteban. Quizás no era un curso de motos, quizás era un curso para quitar la adicción a las motos.
—¡Diablos Charlotte!, hablas como mi psicóloga.
—¿Estás yendo a psicóloga?
—En el colegio me enviaron al psicólogo y me gustó conversar, así que a veces voy a conversar.
—¿Vas solo a conversar o a tratar algo?
—¡No, nada que tratar! Estoy bien, voy sólo a conversar.
—Pero así te gastas un dineral en psicólogo —dijo Charlotte—. Si puedes conversar con las personas, con tus amigos, con amigas, con alguna novia…
—Entonces gracias a ti conversaré con mujeres, y si me manejan o se vuelven brujas entonces vuelvo al psicólogo.
—Pero, Esteban, cuando vas a viajar en moto ¿piensas que te vas a caer a cada momento?
—No, porque me sé equilibrar. Si ya llevas cierta velocidad, puedes incluso hacer piruetas. Es fácil de aprender. —respondió él.
—Con las relaciones es lo mismo, es cosa de aprender a conversar de uno, no de motos.
—¡Uy!, Eso dolió.
—A quién le dolió, ¿a ti o a la moto? Mira, te voy a presentar a una amiga. Se llama Javiera.
—¿Es como tú? —preguntó él.
—¿En que sentido?
—Así de… como decir…, de buena onda. Eres despierta, no estás en el cuento de la súper mujer y no sales con respuestas comunes.
—Y me gusta conversar contigo. —respondió ella— Bueno, ya llegamos a mi casa, ahí está esperando tu moto y te agradezco un montón por acompañarme de vuelta.
—No le cuentes a tu amiga lo que hemos hablado. —comentó Esteban.
—Pero querrá preguntarme. ¿Cómo no le voy a decir algo acerca de ti?
—¿Qué le dirás de mí?
—Que eres una persona muy divertida y que le gusta conversar. —repuso ella.
—Qué buena, me gustó, y tú ¿por qué no tienes pareja?
—Tenía; la historia corta es que me cansaron sus abusos y la historia larga es que demoré demasiado en darme cuenta que estaba cansada de esos abusos.
—¡Diablos, Charlotte!, con razón tienes cara de cansada.
—Idiota, a esta hora no valgo un centavo. Lo único que quiero es entrar a mi casa y tirarme en la cama.
—Sí —dijo Esteban—, yo también, es decir, en la mía pero podría ser en la tuya.
—¿Te gustaría hacer algo en mi cama?
—¿De verdad? ¿Puedo? —preguntó Esteban con los ojos muy abiertos.
—Por supuesto, le encantará a mi abuelita. Ella está durmiendo en mi cama.